El Estado interventor, consecuencia de los fallos del mercado mundial

Columnistas Economía

Según los economistas, el mercado constituye un mecanismo eficiente de distribución de recursos entre la población, sin embargo, cuando éste presenta errores incentiva la intervención del Estado. Pero, ¿qué ocurre cuando los fallos del mercado son a nivel mundial? ¿Cómo afectan los mismos a las economías de los países extranjeros? ¿Se justifica la intervención estatal en estas realidades? ¿Cómo y para qué deben darse dichas intervenciones? Los fallos del mercado mundial y el Estado interventor es un tema que debe llevar a la reflexión, y más en los países que pretenden desarrollar sus economías.

De acuerdo con Joseph E. Stiglitz (2000) existirían seis fallos básicos del mercado: la competencia imperfecta por la presencia de los monopolios, los bienes públicos suministrados insuficientemente por el sector privado, las externalidades o factores externos que influyen al mercado privado, los mercados incompletos que incumplen en parte su rol proveedor de bienes o servicios, los fallos de información, y el paro como el indicador más aceptado de fallo del mercado.

Los fallos del mercado no son excluyentes entre sí, al contrario, se relacionan e influyen mutuamente. Así, la presencia de los monopolios en el mercado mundial ocasiona no solo a competencia imperfecta, sino también el paro (recesión y depresión). Ahora bien, el paro se manifiesta en sus dos niveles: el paro interno y el paro externo.

El paro interno

La tendencia del capitalismo, por efecto de la competencia “perfecta”, es concentrar la producción en pocos individuos, los que acumulan, además, gran poder económico y social.  Por ejemplo, de un supuesto de cien productores que compiten en un rubro, por la competencia capitalista en la que están sumidos, esta cantidad tiende a reducirse a unos pocos, digamos a unos diez, marginando de la actividad productiva al resto de los noventa productores, quienes o bien se asimilan a los primeros o bien, sencillamente, entran en bancarrota.

El monopolio genera, pues, el paro interno de trabajadores y maquinaria, es decir, el paro que aparece en el país de origen de las grandes compañías monopolistas.

El paro externo

Una empresa monopólica no es sino una compañía multinacional que produce a gran escala y por tanto vende sus productos en cientos de países, ocasionando, en éstos, no pocos problemas económicos.

El monopolio multinacional del comercio en los países extranjeros ocasiona en éstos, el paro estructural en sus economías, no solo por el cierre de empresas y la pérdida de fuentes laborales, lo que equivale al incremento de la pobreza y la extrema pobreza entre la población, sino también por la depresión de su economía en conjunto, que es, a la vez, su propio empobrecimiento.

Por una parte, las ventas monopólicas en el exterior generan, igual que en el paro interno, la asimilación o bancarrota de los productores, pero en este caso, de los productores extranjeros (el paro externo). Sin embargo, el paro en estas economías se caracteriza por ser estructural, vale decir el paro que afecta permanentemente a varios de sus sectores productivos, deprimiendo, en consecuencia su mismo universo nacional económico.

Por la otra, las compras de productos extranjeros (de multinacionales) por obreros, empresarios y hasta por gobiernos genera, a la vez, no solo la bancarrota de los productores nativos, sino también, la “fuga al exterior de recursos”, es decir, de salarios, ganancias y rentas respectivamente. En pocas palabras, los salarios y las ganancias (capital y renta) que se generan en las economías nacionales son transferidos por la vía mercantil a los países donde se originan y asientan los monopolios.

Los fallos del mercado mundial, particularmente la competencia imperfecta entre países por causa de los monopolios, conducen pues al paro de tipo estructural (reducción o desaparición de sectores económicos nacionales), y, en consecuencia, al achicamiento de la economía en los países donde estas multinacionales solo venden sus productos.

La intervención del Estado: una necesidad histórica

Ahora bien, en las economías nacionales sometidas por la comercialización multinacional cuyas consecuencias se traducen en el incremento de la pobreza y extrema pobreza entre la población, la intervención estatal se convierte en una verdadera necesidad histórica, en una necesidad para fortalecer estas economías en tiempos del predominio monopólico en el mercado mundial. El Estado interventor, por tanto, emerge como respuesta a la competencia imperfecta impuesta por los grandes monopolios que desfavorece estructuralmente a las economías nacionales.

Pero la presencia del Estado en la economía nacional no debe ser “tibia” ni accidental, sino profunda y estructural. Ante las consecuencias económicas críticas de estos países ocasionadas por los fallos del mercado mundial o por la competencia imperfecta por influjo monopólico, el Estado encuentran su profunda razón de intervenir en los asuntos económicos para convertirse en la estrategia nacional de distribución más equitativa de los recursos entre la población.

Aquí el llamado sinceramiento económico no debe ser con el mercado mundial a costa de la miseria en la población. Sincerarse económicamente debe ser siempre con el pueblo buscando su mayor bienestar posible. Es también regular los fallos del mercado mundial que tantos desmanes causa en las economías nacionales. Y para cumplir con este mandato social nada mejor que un Estado vigoroso en términos políticos como económicos. Un Estado con la capacidad soberana de dirigir por los senderos del mayor bienestar colectivo posible.

En resumidas cuentas, los fallos del mercado mundial en razón del influjo monopólico ocasionan fallos estructurales en las economías nacionales. En este contexto la intervención estatal se presenta como necesidad histórica para el sinceramiento económico con la población. Sinceramiento que busca su mayor bienestar posible, que no es sino la lucha contra la pobreza y la extrema pobreza.

Stiglitz, Joseph E. La economía del sector público, 3ª edición, Novoprin, España, 2000

 

Por: Johny Luis García Guerra

Lic. en Ciencias de la Comunicación Social y autor del libro La comunicación pública externa.

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